Pintor del entorno

Era un hombre profundamente bueno en el exacto sentido de la palabra. Sabía decir con una mirada más que muchos con mil palabras. De su entorno nada le era ajeno, conocía a la perfección la orografía y los caseríos vizcaínos. Muchos secretos del pasado fueron rescatados gracias a su conocimiento y por su enorme capacidad de percepción. Fue cómplice de las personas que tenían la pasión por la historia y la cultura vasca. Sufría con los que sufrían. Se entusiasmaba con quien compartía ideas y actitudes. Las distancias y la edad no le amedrentaban demasiado.

Desde Amorebieta y sin coche podía ir a una conferencia impartida por un muchacho en la Facultad de Bellas Artes de Bilbao y colocarse en la última fila, como un alumno más. Con la misma facilidad se acercaba con sus bártulos al monte y recorría kilómetros para captar aquella luz que le extasiaba, observar la humanización de la arquitectura, elegir un encuadre o dar con la atmósfera emocional de un lugar.

Conocí al pintor antes que al hombre. De joven solía pasar por el bar que regentaba en el centro de Amorebieta, allí siempre me llamaron la atención los lienzos existentes en sus paredes. Fue entonces cuando me hablaron de él. Para el Pueblo fue un raro, un "setebre", un extravagante que pintaba, alguien distinto. Después y gracias a la galería Windsor pude conocer a la persona, su amabilidad y cordialidad eran proverbiales, tenía enorme porte y distinción natural, sin afectación alguna. Supe de su interés por el arte y de su paciencia para responder a las preguntas de todos. En él la modestia era proverbial. Sin alharacas, sus silencios cómplices estaban cargados de sensibilidad y fuerte emoción humana. Mi reconocimiento.

La pintura de Enrike Renteria no debe verse únicamente como el desarrollo de un todo. Aunque, tras consolidar el lenguaje y adquirir las necesarias seguridades, apenas evoluciona a lo largo de su vida. Sin embargo el cambio de tema le permite desarrollar unos tonos y caracteres distintos. De modo muy especial hay que distinguir entre los paisajes y las escenas de interior, así como separar la excepcional experiencia vivida durante la guerra civil y el período de estancia en la cárcel. Además pinta auténticos cuadros abstractos en la parte posterior de los cuadros. En este espacio ensaya no sólo las cualidades cromáticas, sino también entrelaza planos según estructuras geométricas. De haber presentado estas obras de modo autónomo bien pueden ser consideradas como las primeras aportaciones abstractas en la pintura vizcaína. El artista se enorgullecía de esta práctica y la enseñaba. Hombre meticuloso como pocos, asimismo, incorpora a sus cuadros un monograma, la fecha de realización en números romanos y con frecuencia el título al dorso, muchas veces escrito en euskera.

Tras ser descubierto por coleccionistas y artistas bilbaínos en su Amorebieta natal, compagina la pintura con mil y un trabajos. Sigue al pie de la letra las indicaciones de Antonio de Guezala, uno de los adalides de la Asociación de Artistas Vascos, sociedad que le acepta en sus filas en 1924, cuando apenas tenía veinticuatro años. Pese a ser presentado como una esperanza “y valiendo mucho” (1), le aconsejó que no se dedicara en exclusiva al arte. Tengo escrito que fue un error (2). Se equivocó porque el arte no solo es vocación y facultades, sino que también exige desarrollo e insistencia, acumulación de estímulos externos, conocimiento e intensa dedicación para el fomento creativo. Por compartir su tiempo con otros trabajos, como carpintero, operador de cine, artista de teatro, barman, montador de teléfonos, proyectos de casas, constructor de ataúdes, cunas o muebles, no expuso mucho pese a escaparse a pintar cuando la situación se lo permitía.