La pintura del paisaje

El paisaje es lo que más caracteriza al autor. Por lo que se le recuerda especialmente. Es lo que expuso de modo habitual. En la primera muestra en 1928, presenta veintiséis lienzos en los que su predominio es total, aunque a tenor de los títulos hay un par de interiores, una obra de motivo religioso e incluso un boceto de retrato.

Habiendo pintado en 1927 un espléndido autorretrato, parece increíble que no frecuentara el género del retrato. Por su proverbial timidez, puede decirse que no se encuentra cómodo delante de seres humanos desconocidos o que no le resultan simpáticas las típicas indicaciones de los retratados. Pese a estar dotado para ello, no acepta demasiados encargos ni los hizo de motu propio. Tampoco plasma el espíritu costumbrista de buena parte del arte que se hacía entonces en el País Vasco.

A tenor de lo pintado Renteria se interesa de modo singular por la naturaleza y voluntariamente se consagra al paisaje. hay en tal decisión un ideal panteísta, el gusto por el monte y la vida al aire libre, un énfasis recopilatorio de todo lo que le rodea, y una aceptación de la herencia romántica, procedente del espíritu decimonónico que se proyecta a través de la herencia impresionismo y sus derivados.

Fue un especialista. Se dedicó en cuerpo y alma al paisaje. Como el propio artista indicó con ocasión de una de las pocas oportunidades en las que concedió una entrevista: “Yo estoy en que la naturaleza me desborda a mí y a todos, y que por mucho que sueñes hay un momento en la calle que te desborda, ves un atardecer o un efecto de luna en un lugar y dices, esto yo no lo he soñado nunca, es decir que si hablando poéticamente, si somos humanos, si estamos hechos para ver... eso es lo que yo busco (13).

Contra la plena adscripción al impresionismo el autor se revela: “yo busco otra cosa, la parte espiritual”. A continuación, honesto y humilde, dice: "quisiera dar con ello, pero a lo mejor no lo consigo”. Y es que, frente al retinianisnio propio de la tendencia francesa, trata de insuflar no sólo el ambiente de un determinado universo físico, sino también un acusado sentido de pertenencia emocional. No se trata de utilizar unos determinados elementos plásticos establecidos, conforme hicieron los creadores franceses, para con el nuevo código continuar aquella labor; cuanto de darle un sentido menos huidizo y fugitivo, más trascendente y definitorio del momento. Entre el objeto temático y el individuo existe un lenguaje de base, pero el artista lo emplea con objetivos diferentes.

Se debate entre el idealismo cromático y la realidad verosímil de algunos detalles. Tiene un muy particular sentido de combinar al mismo tiempo el clímax ambiental y la descripción pormenorizado de elementos que quiere destacar. La descarga subjetiva se aplica en objetivar con minuciosidad fragmentos que responden al interés del artista por subrayarlos y certificarlos quasi notarialmente con especial querencia y sentimiento fervoroso. 

El artista moderno, decía Baudelaire, es una especie de espadachín que elimina lo accesorio para captar lo eterno de lo efímero. Para Renteria la naturaleza es una emoción pura que no se agota ni puede reflejarse, mientras que los caseríos y arquitecturas humanizan el territorio, reflejan el espíritu de las gentes que viven en su contexto natural, un hábitat al que están habituados y forman parte preferente del medio, algo que puede pintarse con mayor claridad y nitidez. Dotado de una mirada penetrante, su pupila era capaz de describir con detalle las piedras de un caserío o las hojas de un roble.

En una misma obra sabe combinar el análisis y la síntesis, como estableciendo una distancia entre lo visto y lo vivido, el apunte al natural y el recuerdo en el taller. Desde estas perspectivas lleva cabo una tensión entre el dibujo y el color. "Sí, pero el paisaje, que es lo que más hago -indica-, no hace falta dibujar eso es muy fácil; ahora, dibujar también dibujo' (14).

Su repertorio de motivos es grande. Abarca todas las posibilidades del paisaje con la excepción del marino. Las distintas luces del día y estaciones del año reflejan la amplitud fervorosa de su visión. Se ocupa del frío del amanecer del mismo modo que capta el ambiente sereno de la caída de la tarde o la humedad del remanso de un río, la luz nocturna, el velado de la lluvia y el calor del sol al mediodía.

Pinta tanto la naturaleza montañosa con algunas señales humanas como los límites entre el pueblo y su entorno orográfico, algo tan típico y propio del contexto zornozano, e incluso tiene lienzos que reflejan parte de la vida ciudadana. Su pueblo lo representó desde todos los ángulos. Las imágenes de la plaza y la torre de la iglesia fueron motivos especialmente repetidos, los conocía al detalle al formar parte de la iconografía cotidiana en la que él se movía. Los puntos de vista de los lienzos difieren. Observan la realidad a ras de suelo, desde abajo, o mediante picados que permiten abarcar una mayor superficie.

Con armonía y serenidad, alcanza tonos relamidos en ocasiones, como de postal. Siendo pintor al aire libre, los cambios implican distintos niveles de aciertos.Al destacar algunas plantas y árboles, la naturaleza toma una característica dicción tropical, algo naif e ingenua, cuyas estructuras autónomas contrastan con la dicción del resto de los elementos representados. Una característica especialmente atractiva de su obra son las cortinas de manchas bitonales. Las pinta en paralelo al plano de superficie e interrumpiendo la perspectiva y en ocasiones conforma haces paralelos de luces. En todos los casos le sirven para crear un clima cargado de sugerencias. 

Las figuras pueden ser un tanto estáticas y amuñecadas. Las gamas tonales están muy remarcadas por el dibujo. La presencia de hombres y mujeres realizando sus actividades cotidianas, introduce la anécdota y revive la nostalgia del pasado, una tradición que en la pintura vasca tiene ilustres antecedentes, como en el caso de Manuel Losada.  Enamorado, de la sencillez de los interiores de Benito Barrueta, desarrolla una actividad en este género. Algunos cuadros reflejan el recogimiento de iglesias y ermitas, eligiendo espacios humildes; otros lienzos alumbran el universo doméstico y familiar de salones y cuartos de estar. La atmósfera se vuelve densa al tiempo que oscurece la paleta. En un Interior fechado en 1920 se llega a ver en la pared un cuadro de remeros de Aurelio Arteta, cuyo modelo sirvió para confeccionar distintas pruebas litográficas y fue empleado para la realización de azulejos que se colocaron en el exterior de algunas viviendas.